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sábado, 18 de mayo de 2013

Who lives sees. But who travels sees more.


En la vida de todo universitario, llega ese momento en el que uno se plantea la opción de irse de Erasmus. En mi caso, siempre tuve claro que quería y tenía que irme. Tengo que decir que no lo tuve fácil. Hubo demasiados problemas, demasiado papeleo y demasiado esfuerzo hasta que llegó el 17 de Abril. Creo que nunca se me olvidará la sensación que me recorrió el cuerpo cuando me dijeron que, por fin, tenía una plaza en Norwich. A partir de ese momento, empiezan los preparativos, los planes, los nervios. Parece que te preparas para un futuro lejano que de repente se te echa encima. Y llega el día. Y llenas tu maleta con lo esencial. Te despides de tu vida y embarcas rumbo a lo desconocido. Los primeros días son de infarto, sobre todo si llegas a tu destino sin una casa en la que vivir. Duermes en el hostal más barato de la ciudad, comes bocadillos y te pasas el día de agencia en agencia. Encima el tiempo es una mierda. Por fin encuentras la que será tu casa durante estos 9 meses. Y te acomodas. Y deshaces la maleta. Pero tú no te sientes en casa. Toca salir a familiarizarte con Norwich, pero si hay algo que te falta, es orientación. Google maps se convierte en tu mejor aliado. Empiezan las clases y con ellas, la verdadera experiencia Erasmus. Vas conociendo a todo tipo de personas de todas las nacionalidades que puedas imaginar. Es sorprendente el gran multiculturalismo que puede llegar a haber en una ciudad como Norwich. Tienes amigos ingleses, australianos, africanos, italianos, chinos, japoneses… Además, la vida universitaria no tiene ni punto de comparación con la de la UCLM. Hay mil sociedades y mil deportes a los que te puedes apuntar. Y fiestas en la universidad prácticamente todos los días de la semana.  Así es difícil sentirse fuera de lugar. Así que poco a poco, te vas acoplando. El miedo a hablar va desapareciendo. Las clases te parecen cada vez más interesantes.  Y ya incluso tienes un grupillo de amigos que te han acogido como si te conocieran de toda la vida. Tienes tiempo para todo. Y empiezas a enamorarte de la ciudad. Te das cuenta de que te encanta pasar un rato en el lago o comer en la ‘square’ en los días en los que el sol se deja ver un poco. Salir a correr por ‘Eaton park’ o sentarte en el banco de “The Secret Garden”. Las noches de fiesta parecen superarse cada vez más. Ya sea en la discoteca de la UEA o en el centro. Aprovechas cada momento para practicar el idioma, para seguir aprendiendo. Y te sorprendes a ti misma cuando piensas en todo lo que has avanzado. Sientes ese deseo irrefrenable de viajar. De conocer mil sitios. Y te vas a Londres, Cromer, Sheringham, Great Yarmouth, Cambridge, Amsterdam… Y te sigue sabiendo a poco. Porque una vez que abres esa puerta, ya no hay manera de cerrarla. Pruebas el “roast beef”, los “sausage rolls”, las “toasties”, el “fish and chips” y el típico desayuno inglés. Y tus amigos te piden que hagas paella y tortilla de patata todas las semanas. Cenar a las 19.30 o salir a las 21.00 ya no te suponen problema alguno. Y es entonces cuando te das cuenta de que ya sí que te sientes como en casa. Que tienes una vida en España y otra en Inglaterra. Y que las dos son igual de importantes para ti. Te das cuenta de que sin pensarlo, un día cambiaste el chip. De que has abierto las alas y has empezado a volar. Y de que quedarte en un punto fijo ya no te vale. Necesitas ver más. Más mundo. Más lenguas. Más culturas. Más. El mejor año de tu vida está llegando a su fin. Y ya no sabes si te has perdido en el camino. O si te has encontrado. Lo único que sabes es que ya no eres la misma persona que tomó el avión de ida hace 8 meses. Pero te sientes tan viva, que eso no importa. Así que ahí va mi consejo: si tenéis la oportunidad de pedir una beca Erasmus, no os lo penséis dos veces. A donde sea. Con quien sea. Todos los contras que se os puedan ocurrir quedan anulados con la sensación que te deja esta experiencia. Aprender a ver la vida desde otro punto de vista, a sumergirte en una cultura distinta a la tuya, te ayuda a valorar y a sentir todo mucho más. Que ya lo dice el proverbio árabe: “quien vive ve, pero quien viaja ve más”.

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