Dicen
que para escribir bien tienes que estar jodido. Quizá he esperado a estar
jodida simplemente para volver a escribir. Coges el ordenador y comienzas a
teclear. Las palabras, una a una, te liberan. Salen solas. El placer que
dejaste de sentir hace mucho te invade. Medicina para el corazón. O no. Pero
escribes. Y al menos haces algo. Algo que no implique hacerte un ovillo en la
cama y esperar a que se vaya esa sensación que acaba de llegar de repente. Sin
previo aviso. PUM. Tu vida acaba de dar un giro de 180º y tú ni te has dado
cuenta.
Muchas
cosas pueden pasarnos. Y mientras que antes escribías para contar tu historia,
ahora sólo escribes para imaginarla. Escribir… dejar volar la imaginación. Mundos
lejanos y países de ensueño. Príncipes azules que creen en el amor verdadero. Y
que son incapaces de hacer daño. Vidas perfectas. Cuentos de hadas… O la cruda
realidad. También puedes escribir sobre eso. Es lo bueno de las palabras, no
tienen límites. Un día hablas de luz y otro de completa oscuridad. Y aún así,
las palabras siempre están contigo. Fieles, sinceras, cultas. En lo bueno y en
lo malo. Así que no hagáis como yo. No las olvidéis y esperéis al mal momento
para volver a ellas. Escribid. Aunque estéis pasando el mejor momento de
vuestra vida y os digan que lo que escribís es una mierda. Es mentira. Todo lo
que escribáis con el corazón tiene valor. Si no para el resto, para vosotros. Y
eso es lo único que importa.





















